Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Adán la empujó hacia atrás, pero ella volvió a asaltarle y, furioso, él a su vez la cogió por los hombros, sacudiéndola, hasta ver que estaba haciéndole daño. Sin soltarla del todo, la mantuvo a distancia y la miró intensamente a los ojos, en los que leía tal pasión que, a pesar de su cólera, no pudo menos de sentirse admirado.

—¡Margarita! —exclamó—. ¿Eres acaso una fiera?…

—¡Te odio! —replicó ella, interrumpiéndole.

Aquella exclamación hecha con voz aguda, el agitado vaivén de su pecho, el temblor de todo su esbelto cuerpo, demostraban una intensidad pasional tan grande que el muchacho se quedó asombrado. Tan pequeña, tan débil e inteligente como era y, sin embargo, ¡qué apasionada!

¿Qué haría, pues, si hubiese motivo fundado para enfadarse?

—No, no, Margarita, no digas eso. Nada he hecho para que me odies. Me explicaré.

Margarita repitió su apasionada exclamación y Adán vio que tanto valía querer cambiarla como empeñarse en mover una montaña. Entonces, dijo él resentido:

—Muy bien, pues si eres tan tonta y tan voluble, me alegro que me odies.


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