Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Algunos de los trabajadores de Mac Kay estaban retirando las mercancías desembarcadas. Entre ellos hallábase Regan, un irlandés de baja estatura que en varias ocasiones habíase burlado de Adán. Al verlo ahora hizo una seña a Mac Kay diciendo:

—Mac, la verdad es que este chico es un diablo con las mujeres.

Mac Kay se echó a reír estrepitosamente y miró más allá del sitio en que estaba el joven, cono sino se riese sólo de él, sino también de otra persona que hubiese allí. Adán volvióse rápidamente y vio a Margarita, con expresión de reina de tragedia, clavándole sus ojos de fuego. Luego, con uno de sus rápidos movimientos, ágil y graciosa, aunque de un modo violento, la joven dio media vuelta y huyó.

—¡Dios mío, qué he hecho! —murmuró Adán cuando comprendió la significación de la mirada de Margarita. Había olvidado hasta la existencia de la muchacha mientras acompañaba a sus nuevos amigos, y seguramente ella le había seguido, adivinando además sus pensamientos. Se dirigió por un atajo a su cabaña y la vio de pronto entre unos mezquites.

Al verle, Margarita se precipitó sobre él sin que Adán pudiese evitar el encuentro. Echando maldiciones en su idioma nativo, le pegó y le arañó el rostro como un gato furioso.


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