Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Cuando pocas horas después llegó el vaporcito, Adán se halló entre los que esperaban en el desembarcadero. Encontró a Mae Kay, que bajaba del buque en compañía de un hombre y dos mujeres, una de las cuales era muy joven. El encargado mostrábase radiante por primera vez en muchos días. Las piezas de reparación para la maquinaria habían llegado por fin. Mae Kay presentó en seguida sus amigos a Adán, y el encargado, siempre atareadísimo, rogó al joven que los acompañase. Eran gentes muy simpáticas, y como la muchacha era hermosa y rubia, tipo pocas veces visto en aquella región, la tarea de cicerone encantó a Adán. Les hizo ver todos los detalles del pueblecito e insistió en que sería muy interesante que viesen la fábrica. ¡Cuán lejos le pareció en aquellos instantes la época en que, estando en su casa, frecuentaba diariamente la compañía de muchachas tan lindas como aquella señorita rubia! Ésta era alegre e inteligente, aunque un poco tímida en el fondo.

Le invitaron a comer con la madre y la hija a bordo del vapor, y de este modo el tiempo transcurrió velozmente, llegando la hora de la salida del buque sin que Adán se diera cuenta. Cuando se despidió de la muchacha, leyó en sus ojos lo que también había en su mente: que nunca más volverían a encontrarse. El último pensamiento de Adán fue alegrarse de que su hermano no la vería en Ehrenberg.


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