Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto No necesitaba Adán que le instasen mucho a la acción. Después de cenar se dirigió en compañía de Arellano, en un carro, de provisiones, al campamento.
La sala estaba en plena locura cuando llegaron. Las luces vagas, los gritos discordantes, el fuerte olor del alcohol, el aspecto rudo de los jugadores, todo influyó para excitar más aún a Adán, y después de beber unas cuantas copas estaba dispuesto a todo. Sin embargo, no hallaron a Félix.
Luego el joven, aunque no ebrio, todavía bajo la influencia del ron que había bebido, emprendió el regreso a su cabaña. El camino era largo y, a causa de la arena, muy pesado en el andar. Al llegar al pueblo, estaba en plena posesión de sus facultades mentales, pero ardíale la sangre debido al ejercicio y a la emoción de la probable lucha. De aquí que cuando Margarita entró quedamente en su estancia, abrazándole frenética, murmurando palabras apasionadas en su oído, no tuvo ni la voluntad ni el deseo de resistir aquella dulce tentación.