Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Llegó la hora del alba y Adán abrió pesadamente los ojos. Disgustábale despertarse, pero no le era posible detener el curso de las horas. Algo había sucedido aquella noche que le incapacitaba para volver a ser el mismo. Con aguda punzada y una sensación de haber perdido algo irremisiblemente, Adán dióse cuenta de que había muerto en él una parte de su juventud, pero había perdido también algo que era demasiado sutil, demasiado profundo para que pudiera adivinarlo, relacionado con la dulzura y la pureza que había heredado de su madre y con las enseñanzas de ésta. Era precisamente lo que le había separado de su hermano Guerd, manteniéndole alejado de la baja vulgaridad de sus camaradas. No obstante, la selvatiquez de aquel primitivo Oeste había acabado con todo.
Con amargura vio Adán llegar el nuevo día. No podía hacer más que resignarse a su suerte. La alegría de vivir, la gloria de su juventud casta y para, todo lo que le había hecho ser distinto de los demás muchachos, faltábale ahora en aquella fría y gris mañana de la realidad. No comprendía la severidad con que juzgaba sus propios actos. Su espíritu sufría una indecible torpeza, un oscuro remordimiento.