Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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De pronto recordó a Margarita y todo cambió al instante. Como una cálida ola surgió el recuerdo de ella, de su extraña dulzura, de su astucia al esperar su regreso a una hora muy avanzada de la noche, de su adherente flexibilidad, de su incoherencia que no necesitaba explicación, de lo inevitable del silencio nocturno, de la desvergonzada, insistente e imperiosa demanda de su presencia por parte de él.

Saltó del lecho para interrumpir sus divagaciones con la acción. Para él la salida del sol era gloriosa; el valle, hermoso; el desierto, selvático y libre; la tierra, una inmensa región que explorar, y la Naturaleza, aunque insaciable e inexorable, pródiga en compensaciones. Había apurado una copa de dulce miel que contenía una sola gota de amargo veneno. La vida henchía su pecho. Hubiera querido ser indio. Al ponerse en marcha recordó palabras que su madre le dijera años antes: «Hijo mío, tú tornas las cosas demasiado en serio, sientes demasiado intensamente los momentos corrientes de la vida». Ahora la comprendía al fin; no subía distinguir las cosas pequeñas de las grandes. Pero ¿había algo que fuese realmente pequeño?




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