Los Caminantes del desierto

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El saludo matutino de Margarita fue a la vez una alegría y una sorpresa. Su sonrisa, la luz de sus ojos aterciopelados, hubieran hecho feliz a cualquier hombre. Pero había en ella algo sutil aquella mañana que chocó a Adán, dándole la impresión indefinida de que él representaba para Margarita ahora algo menos que el día anterior.

El agudo silbido de la sirena del vapor interrumpió sus meditaciones. Los desocupados, dirigiéronse al desembarcadero, y cuando llegó a su vez Adán, lo halló tan lleno de hombres, todos al parecer más interesados que ordinariamente en algo relacionado con el vapor. Deslizándose por entre los mezquites, el joven se puso en primer término.

Un hombre de elevada estatura, vestido de negro, atravesaba la pasadera. Su altura, su manera de andar, eran familiares para el joven. Había visto antes aquel chaleco bordado con flores, muy visible la estrella de plata, y también aquel rostro tostado, afeitado, con su ancha mandíbula inferior y las arrugas de la frente.

—¡Collishaw! —exclamó Adán, aturdido.



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