Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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¡Qué difícil era extinguir por completo aquel amor fraternal! Representaba casi toda su vida, todos los recuerdos de su casa, de su infancia. Su misma fortaleza probaba cuán leal había sido en él. ¡Qué cálida y hermosa era aquella emoción reavivada de pronto! Arrancada de cuajo, aún retoñaba en lo más hondo de su ser. En su huída para estar solo, Adán había cedido al asombro, a la vergüenza y a la furia que surgiera en él al comprender el alcance de su alegría ante la súbita aparición de aquel hermano suyo que le odiaba. Durante años su amor fraternal luchó contra la lenta comprensión de que su hermano le aborrecía. No pudo probarlo, pero lo sintió instintivamente. Adán no temía a su hermano, ni tenía motivo alguno para temer su presencia, excepto aquella ternura de que se avergonzaba. Cuando hubiese vencido su sentimentalidad se enfrentaría con ellos para demostrar a Guerd y a Collishaw de qué madera estaba hecho. ¡Dinero! Ése, ése era el motivo de la llegada de Guerd, y tal vez el deseo de seguir dominándole.

—¡Ya le enseñaré yo! —dijo el joven resueltamente, al ponerse en pie para regresar.




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