Los Caminantes del desierto

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—El caso es que tampoco yo sé gran cosa —respondió el viejo vigilante, rascándose la cabeza—. Parece que, río abajo, han matado y robado a un minero. Ese Collishaw es un sheriff f con todas las agravantes, y cumple siempre la ley a su manera. No creo que haya ninguna ley en tal sentido. Bueno, el caso es que él y sus auxiliares dicen que han seguido las huellas de los asesinos hasta Picacho, y que aquí han identificado a uno, un mejicano, naturalmente, como siempre. Arellano lo defendió, diciendo que era inocente, y a fe que fue acalorada la discusión. Juraría que Collishaw estuvo a punto de «sacar» su revólver, mas Arellano, con un buen acuerdo, no insistió, como hubiera hecho cualquiera que no estuviese loco. El mejicano juró por todos los santos y por la Virgen que era inocente y que podía probarlo, pero no le dejaron continuar; la cuerda ahogó sus palabras… No sé, Adán, no sé; creo que hubiera valido la pena de esperar un poco para darle a ese desgraciado la oportunidad de salvarse. Pero Collishaw vino aquí con la idea de ahorcar a alguien y no iba a dejarlo para más tarde.

—Le conozco, Merryvale, y no me extraña su proceder —repuso Adán amargamente.

—Uno, de los que han venido es un joven de buen ver. Juraría que es su hermano. ¿Es así?

—Sí, lo ha acertado usted.


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