Los Caminantes del desierto

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—Bueno, parece que no se alegre usted mucho de su venida… Hijo mío, cuidado con lo que dice a ese Collishaw. No dudo que no sea justiciero, tal como él ve la justicia, pero en mis buenos tiempos los sheriffs no eran así. Busca siempre el aplauso de la multitud… Ha preguntado por usted. Mire, allí viene.

El sheriff se acercó con varios hombres y se detuvo junto al almacén. Era un hombre de aspecto imponente, dominante, de rostro repulsivo. Sus ojos movíanse rápidamente en todas direcciones y estaba acostumbrado a ver a los hombres antes de que éstos le viesen a él.

Adán sabía que Collishaw le había visto y, de acuerdo con la resolución que había tomado, se dirigió hacia el sheriff:

—Collishaw, me han dicho que me andaba usted buscando —dijo.

—¡Hola, Larey! Sí, preguntaba por usted —repuso Collishaw.

—¿Qué me quiere?

El sheriff llevó a Adán un poco aparte para que los demás no pudieran oírle.

—Se trata de esa pequeña deuda de juego con Guerd —dijo en voz baja.

—Oiga usted, Collishaw, ¿es que me amenaza con una de esas faenitas como la que acaba de hacer con el pobre mejicano? —preguntó Adán, sarcástico, señalando con la mano hacia el cañón.


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