Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Seguramente Collishaw estaba hecho a prueba de sorpresas; sin embargo, la respuesta del joven le hizo erguirse y abandonar su aire secreto y confidencial.
—No, no puedo arrestarle por una deuda de juego —dijo bruscamente—, pero si le voy a obligar a que pague.
—¡Cómo no lo cobre en el infierno! —replicó Adán. ¿Qué le importa a usted eso? Si por aquel juego, Guerd le debe dinero, yo no tengo la culpa. No pagué porque sorprendà a Guerd haciendo trampa. No soy jugador, pero me apuesto veinte monedas de oro contra ese chaleco de fantasÃa que usted lleva, a que Guerd no cobrará jamás un céntimo de esa pretendida deuda.
Dicho lo cual, Adán dio media vuelta y se marchó hacia el rÃo. Cerca de él encontró a Arellano. El capataz, siempre tan jovial, estaba ahora pálido y huraño. Con gran sorpresa del muchacho, el mejicano, no quiso hablar de la ejecución, pero no se mostró tan callado acerca de Guerd Larey.
—¿Quién sabe, señor? —concluyó—. Acaso sea lo que mejor pueda sucederle. Margarita es una mala persona. Pero usted es amigo mÃo y tengo la obligación de decÃrselo… Ya lo sabe, si quiere conservar a Margarita, vigile a su hermano.