Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Adán quedó asombrado y, sin responder a Arellano, se marchó. Costóle algún tiempo comprender el aviso del mejicano. De momento, sólo vio el hecho de que Guerd había visto a Margarita y que la muchacha le gustó. ¡Era inevitable, además! Adán no recordaba ninguna muchacha a la que él hubiese admirado o querido que Guerd no se la quitase. Los chicos del pueblo tomaban aquello a chunga, en lo cual les acompañaba el propio Adán, dado su fondo de bondad. ¡Todas eran para Guerd! Adán, recordaba la época en que se sentía feliz cediéndoselo todo a su hermano. Mas aquí, en el desierto, donde empezaba a comprender la significación de la lucha del hombre por la vida y por lo que poseía, la cosa cambiaba de aspecto. Además, había ido demasiado lejos en sus relaciones con Margarita, aunque fuese lamentable recordarlo. La joven le pertenecía, y sus normas eran tales que se creyó en el deber de corresponder a la muchacha con su afecto y su protección leal. Margarita tenía tan sólo diecisiete años, y era indudable que Guerd lograría fascinarla si él no la apartaba de su camino.

—Pero… ¿si le gustase Guerd…, si lo desease como me desea a mí? —murmuró Adán, respondiendo a una súbita inspiración.



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