Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Sin embargo, repudió tal posibilidad; aunque su inteligencia la admitía, no podía dudar de Margarita; para eso, sentía con demasiada intensidad. ¡Hacía tan poco que ella le había abierto los ojos a la vida, a la vida tal como es, no como se sueña…!

Adán halló a la mujer de Arellano sola en casa.

—¿Dónde está Margarita?

—Margarita está allí —repuso la madre, dirigiendo una mirada significativa hacia el río.

Adán vio, en efecto, a Margarita sentada en la orilla a unos veinte pasos del desembarcadero, y a su lado estaba Guerd. El lugar se hallaba protegido por la sombra de un árbol y un poco alejado del camino del pueblo. Margarita estaba sentada sobre la rueda de un carro deshecho, y Guerd, de pie, a su lado. Ninguno de los dos advirtió la llegada del joven.

—Señorita, bastó una mirada de sus ojos negros como la noche para que en mi pecho brotara la llama del amor —decía con pasión Guerd—. Veo en usted una verdadera princesa española, una flor del desierto, hermosa como la luna y las estrellas. Yo…

De pronto la pareja vio ante sí a Adán, el cual estaba muy emocionado; mas, a pesar del tumulto que había en su pecho, se mantuvo sereno y frío. La radiante alegría de Margarita trocóse en expresión de sorpresa.

—¡Caramba! ¡Si es Adán! —exclamó su compañero—. ¡Vamos, hombre! ¡Te veo muy cambiado!


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