Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—Guerd… —empezó Adán, y no pudo seguir. Era para él una tremenda prueba enfrentarse con su hermano, con el ser a quien, después de su madre, había querido más en el mundo, por quien había sentido una verdadera idolatría, comprendiendo tarde que, a pesar de su arrogante figura, a pesar de su rostro varonilmente hermoso, Guerd tenía el alma negra y falsa.

—Adán, ¿no quieres estrechar mi mano? —preguntó Guerd tendiéndole la diestra.

—No —repuso Adán con gravedad.

—Como quieras… Como puedes ver, me hallo en una compañía muy agradable.

—Así es, en efecto —contestó el joven amargamente, mirando de soslayo a Margarita, la cual se había ya repuesto de la sorpresa y le miraba con astuta y femenina curiosidad—. Guerd —continuó Adán—, acabo de ver a Collishaw; ha tenido la osadía de reclamar aquella deuda de juego. He venido para decirte que no la pagaré, puesto que hiciste trampa.

—¡Vaya si pagarás! —observó Guerd, sonriente.

—¡No pagaré! —repitió Adán con firmeza.

—Muchacho, me pagarás la deuda o te la cobraré a viva fuerza —declaró Guerd, frunciendo el ceño como si advirtiese cierto cambio en la actitud de su hermano, antes tan dócil.


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