Los Caminantes del desierto

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—Ni de ese modo ni de ninguno cobrarás un céntimo.

—Pero… oye, hombre, si no te hice trampa, ¡palabra! —protestó Guerd, negando como último argumento para salirse con la suya.

—¡Mientes! —exclamó Adán rápidamente—. Tú sabes muy bien que me la hiciste… Mira, Guerd, no discutamos más. Ya te dije en Ehrenberg, después de la jugarreta que me hiciste con aquella muchacha, que habíamos acabado para siempre.

Guerd pareció darse cuenta, no sin maravillarse y lamentarlo al mismo tiempo, de que ahora tenía que habérselas con un hombre. Adán vio la sorpresa en el rostro de su hermano y le emocionó el saberse más fuerte que él. Nunca había estado muy seguro de llegar a serlo.

—¡Maldición! —gritó Guerd, desasiéndose de Margarita, a la que hasta entonces había tenido enlazada por el talle, e irguiéndose cuan alto era—. Estoy ya harto de tu puritanismo. Lo que quiero es el dinero, y nada más. Si no me pagas, te arrancaré la ropa hasta encontrar el sitio donde lo tienes oculto. ¿Te has enterado? Adán se echó a reír burlonamente.

—Te diré lo que a Collishaw… ¡Cómo no cobres en el infierno…!


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