Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Guerd Larey masculló unas blasfemias; la sorpresa no le dejaba hablar; tenÃa el rostro congestionado por el furor creciente que sentÃa.
—Cuando termine de hablar con esta muchacha me repetirás eso —pudo decir al fin.
—Cuando quieras —contestó Adán mordazmente—. Pero ahora seguiré hablando, porque me da la gana… Las cosas han cambiado, Guerd… No te daré más dinero, no seguiré soportando tus exigencias. Siempre me has dominado. Me odias. Ahora lo sé. En la infancia me robabas los juguetes, los vestidos, los compañeros de juego… Más tarde me quitaste todas las amigas; luego el dinero, por último… ¡hasta a una mujer despreciable! ¡Eres un embustero, un falso…! ¡Te has rodeado aquà con gente de tu calaña y vas a ir directamente al infierno!
La palidez del rostro de Guerd revelaba su cólera, pero sabÃa dominar sus pasiones mejor que Adán. TenÃa más años que su hermano y la diferencia de edad era notable en aquel momento.
—¿Has venido aquà para decirme todo eso? —preguntó.
—No. He venido por Margarita.