Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —¿Por Margarita? —repitió Guerd, asombrado—. ¿Se llama asà esta muchacha? Oye, tú, Adán, ¿pretendes gastarme ahora una de tus bromas? ¿Vas a hacer de samaritano socorriendo, a las muchachas en peligro?… Más de una vez nos hemos visto separados en ese terreno…
—Estamos separados para siempre —le interrumpió Adán, y volviéndose hacia la joven, dijo—: Margarita, quiero que…
—Aquà tú nada tienes que hacer, ¿oyes? —le interrumpió a su vez Guerd, acaloradamente—. ¿Qué te importa a ti esa mejicana? No toleraré tu intromisión. Vete de aquà y déjanos en paz.
—Sà me importa —repuso Adán, y vacilando un poco, añadió—: Esta muchacha me pertenece.
—¡Cómo! —exclamó el hermano mayor, incrédulo, mirando alternativamente a Adán y a Margarita. De pronto, una sonrisa iluminó su rostro—. Muchacho, ¿quieres decir que eres amigo de esta chica?
—SÃ, de esta señorita.
—¿Le has hecho el amor? —El rostro de Guerd mostró una alegrÃa que el joven no lograba comprender.
—SÃ.