Los Caminantes del desierto

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El hermano disimuló, haciendo un esfuerzo, su endiablada complacencia. Aunque su sorpresa era profunda, no era el sentimiento dominante en él. Miraba a uno y a otro; no había comprendido aún que el momento era trágico para Adán; desconocía hasta dónde habían llegado aquellos amores. Adán se sintió desfallecer. ¡Qué humillación si tuviese que revelar su secreto!

—Adán, en asuntos del corazón, cuando dos caballeros admiran la misma mujer, siempre ha de ser ella quien decida —dijo Guerd burlonamente, inclinándose con gallardía ante Margarita.

—¡Pero… si sólo la conoces desde hace un momento! —protestó Adán débilmente—. ¿Cómo te atreves a ponerla en trance de elegir? Es un insulto para ella.

—Eso, que lo decida Margarita —repuso Guerd—. Las mujeres cambian de parecer. Es algo que aún no sabes. —Y al volverse de nuevo hacia la joven, toda su persona parecía irradiar seducción. Guerd conocía su ascendiente sobre las mujeres y se valió de todas sus artes para agradar—. Margarita, Adán y yo somos hermanos. Siempre nos enamoramos de la misma mujer. Elija usted entre los dos. Adán la sometería a su yugo. Yo… la dejaría libre como un pájaro.


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