Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Y se inclinó sobre ella, murmurando palabras apasionadas a su oÃdo, poniendo la mano en su brazo, suave, pero dominador. La escena le pareció a Adán una pesadilla. ¿Era cierto lo que veÃan sus ojos? Margarita parecÃa otra. Mostrábase tÃmida, seductora, con los ojos entornados, brillando en ellos el mismo fuego con que le habÃa favorecido antes a él.
—Margarita, ¿quieres venir conmigo? —exclamó Adán, decidido a acabar de una vez.
—No —repuso ella suavemente.
—¡Te lo suplico…, ven! —imploró el joven.