Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto La muchacha volvió la cabeza negativamente. SonreÃa con dulzura, un poca burlona. Irradiaba su rostro un e extraño destello, como el cálido matiz del ópalo. ParecÃa tener más edad, estar más segura de sà misma y más sumergida en la obsesión pasional que Adán advirtiera tantas veces en ella. La joven no podÃa comprender lo que Adán consideraba un deber suyo; ella sólo se amaba a sà misma, a su lindo rostro, y a su hermoso cuerpo. EnorgullecÃase de su poder sobre los hombres. Y aquel otro joven, no conquistado, le parecÃa más fuerte y más difÃcil de retener; bajo su mano dominadora ella se retorcÃa, luchando emocionada… SÃ, sÃ, él era el elegido. Tal fue el pensamiento que Adán leyó en Margarita en aquel instante, y si la habÃa amado, lo cual ponÃa en duda, aquel amor acababa de morir. Sólo sentÃa una gran compasión por la desdichada muchacha. Pensó que, de los tres, sólo él era leal, sólo él comprendÃa la verdad.
—Margarita, ¿has olvidado lo de anoche? —preguntó el joven Adán.
—¡Bah, señor…!, ¡está ya tan lejos! ¡Quién se acuerda de ello!