Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto El joven se volvió bruscamente, marchándose sin decir nada. Abrióse camino por entre la espesura de cactos, sin reparar en las espinas. Cuando llegó a su cabaña tenÃa sangre en las manos y en el rostro, pero el dolor de los rasguños no era nada comparado con el que sentÃa en el alma. Se dejó caer en el lecho.
—¡Otra vez! —murmuró—. Otra vez lo mismo. Siempre Guerd…, sólo que esta vez es peor… No, no, lo prefiero. Yo… no la conocÃa. Arellano me lo dijo; ése sà que la conoce. Y yo soñé…, ¡soñé tantas cosas locas…! No, no la he querido nunca… No es su pérdida lo que me duele. ¡Es Guerd! ¡Siempre Guerd!… «¡Está ya tan lejos! ¡Quién se acuerda de ello!». ¿Todas las mujeres son iguales? No puedo creerlo, nunca lo creeré. ¡Siempre recordaré a mi madre!