Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Inclinóse y continuó su camino. Juana se alejó, muy pensativa. Le disgustaba el modo frío e impasible con que Tull la había mirado, como si ella hubiese atraído sobre sí la justa cólera de él. Fuera de eso, Tull seguía siendo el mismo hombre impenetrable y sereno que la joven conociera durante diez años. En efecto, exceptuando el momento en que reveló su pasión al apoderarse de Venters, Juana jamás había pensado que Tull pudiera ser otra cosa que un grave y exigente dignatario de la Iglesia mormona. Le hubiera hecho mejor efecto que Tull hubiese seguido mostrándose enojado con ella, que hubiese continuado queriendo dominarla abiertamente. Recordó lo que Venters y Lassiter habían dicho: que n: Tull ni ninguno de los demás dignatarios de los mormones lucharían abiertamente contra ella, que preferían obrar y maquinar ocultamente. Ahora mismo, en su encuentro con ella, Tull se mostró como si nunca hubiese tratado de hacerla esposa con ruegos y amenazas. Ni mencionó siquiera a Venters. Su actitud fue la del sacerdote que está ofendido pero que perdona las flaquezas de una mujer. Al verle y oírle, hubiérase asegurado que nada en absoluto sabía de que se ejerciera presión sobre ella, de que hubiese quien obligara a sus jinetes a abandonar su servicio, de que él no tenía relación alguna con los bandidos, ni con los robos, ni con los intentos de provocar estampidas entre su ganado. Y aquella apariencia la convenció de nuevo de que eran ciertas las sospechas que a veces creyera injustas. Mas su inquebrantable fe resistíase a admitir tal convencimiento.


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