Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja En el misterioso Desfiladero que resultó ser un lugar de sorpresa para Venters, la súplica de la muchacha herida de no llevarla nuevamente al lugar de dónde había venido coronó los sucesos de los últimos días con algo inexplicable para el joven. Venters se aturdió al oír que ella no deseaba volver con los ladrones de ganado. Mas cuando ponderó el caso, la súplica de la herida no hizo sino confirmar su primera impresión de que la muchacha era más desgraciada que mala, lo cual le dio una sensación de alivio y de alegría. Si hubiese sabido, antes del encuentro, que el Jinete Enmascarado de Oldring era una mujer habría formado de ella una opinión distinta y la hubiese abandonado. Mas sólo supo de ella cuando vio su blanco rostro temblando en una convulsión de agonía; oyó cómo los labios manchados de sangre pronunciaron el nombre de Dios; en los ojos tristes y temerosos de la infortunada vio su alma. Y hacía sólo un momento que le dirigiera la extraña súplica: «¡No me llevéis… allí… nunca!». No era posible creer que fuese mala.
—¿Cómo os llamáis? —preguntó.
—Bess —contestó ella.
—¿Qué más?
—Solamente Bess.
