Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Bajó por la garganta del otro lado. El descenso era gradual; el camino, estrecho, recto durante un buen espacio. Entre las altísimas paredes reinaba la oscuridad, y al dar una vuelta, la senda hacíase muy angosta; apenas tenía tres metros de ancho, y estaba completamente envuelta en tinieblas. Mas a lo lejos veíase alguna claridad, y otra vuelta insospechada del camino llevó a Venters a la luz del día y a un espacio abierto.

Por encima del joven cerníase un maravilloso arco de piedra que unía los opuestos muros de un cañón, y a través del enorme ojo del puente natural veíase un hermoso valle iluminado por los dorados reflejos del sol poniente, que se quebraban en los riscos y farallones circundantes. Venters quedó mudo ante aquel maravilloso espectáculo. El valle formaba una obra de una milla de largo por media de ancho; las paredes que lo circuían eran suaves y curvadas hacia dentro, formando grandes cuevas. El suelo del valle parecíale mucho más elevado que el del Desfiladero de la Decepción y los cañones que lo cruzaban. No había en él artemisas rojas; en lugar de éstas crecían tiemblos y robles, y a través del bosque corría una ancha faja de brillante verdor, formada por sauces y álamos, que diseñaban el curso de un arroyo.



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