Los Jinetes de la Pradera Roja

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Capítulo II

Venters estaba demasiado conmovido para demostrar con palabras el agradecimiento que revelaba su rostro. Juana se fue hacia el salvador y le estrechó ambas manos. Sus sonrisas entre lágrimas de alegría parecían turbar al forastero. Luego, cuando renació la calma y la serenidad, Juana se dirigió hacia el caballo de Lassiter.

—Yo misma le daré de beber —dijo. Y cogiéndolo por la brida lo llevó al abrevadero, que estaba a la sombra de un enorme y viejísimo álamo.

Con dedos ágiles, le soltó la brida y el freno. El caballo dio un resoplido y bajó la cabeza. El abrevadero era de sólida piedra, cubierta de musgo muy fresco, y el agua ambarina que lo llenaba salía a chorro vivo de un caño de madera.

—¿Os trae de muy lejos?

—Sí, señora; unas sesenta millas, acaso setenta.

—Un camino muy largo, un camino… ¡Ah, vuestro caballo es ciego!

—Sí, señora —contestó Lassiter.

—¿Qué es lo que le causó la ceguera?

—Unos hombres lo cazaron una vez con lazó, lo sujetaron y acercaron a sus ojos un hierro candente.

—¡Dios mío! ¿Y decís que fueron hombres? Querréis decir demonios… ¿Fueron vuestros enemigos…, los mormones?


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