Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Capítulo XIV

Cuando amainó el temporal, Venters se retiró a su cueva, tardó en conciliar el sueño a causa de la emoción sufrida.

Despertó con el alba y vio los efectos de la lluvia. El valle resplandecía del verdor de los bosques y de los reflejos de la luz matutina en las limpias paredes roqueñas. Cascadas de mil formas precipitábanse por los bordes de los riscos levantando en su caída cortinas de vapor.

Venters se aprestó para el día, sintiéndose un hombre diferente.

—¡Qué gloriosa mañana la de hoy! —exclamó Bess, después de darle los buenos días.

—Sí; y después de la tempestad viene el viento del Oeste —repuso el joven.

—Anoche… me porté como una niña, ¿verdad? —preguntó ella mirándole fijamente.

—Ya lo creo…

—No pude remediarlo.

—Me alegro de que tuvierais miedo.

—¿Por qué? —preguntó la joven, sorprendida.

—Algún día os lo diré —repuso él lacónicamente. Durante la hora del desayuno guardó silencio y después se marchó solo para pasearse por la terraza, muy pensativo. Se subió a una alta roca, a la cual llegaba la copa de un abeto, y allí descansó, contemplando el valle.


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