Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Capítulo XIX

En casa de Juana Withersteen, la pequeña Fay estaba sentada sobre las rodillas de Lassiter.

—¿Tú me queres? —le preguntó.

Lassiter, que era tan serio con todos como cariñoso con Fay, le aseguró, con claro y elaborado lenguaje, que era su más devoto servidor. Fay se quedó pensativa, como si meditase en la duplicidad de los hombres o buscase una prueba suprema para aquilatar a aquel servidor suyo.

—¿Tú queres a mi neva mamaíta? —preguntó, con sorprendente precipitación.

Juana Withersteen se echó a reír; por primera vez en muchos días sintióse animada.

Era una deliciosa tarde de verano, y los tres estaban sentados a la sombra de un arbolado otero, frente a la pradera. El breve período en que Fay lloró a su madre había pasado, y la niña volvía a ser alegre y juguetona como antes. Para Juana, la pequeña era una respuesta a su plegaria, una bendición, algo infinitamente más valioso que todo cuanto había perdido. Respecto a Lassiter, Juana comprendía que adoraba a Fay.

—¿Tú querer a mi nena mamaíta? —repitió la niña.

Lassiter contestó a la pregunta con una tímida afirmación.

—¿Por qué no queres ser mi nevo papá?


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