Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja En casa de Juana Withersteen, la pequeña Fay estaba sentada sobre las rodillas de Lassiter.
—¿Tú me queres? —le preguntó.
Lassiter, que era tan serio con todos como cariñoso con Fay, le aseguró, con claro y elaborado lenguaje, que era su más devoto servidor. Fay se quedó pensativa, como si meditase en la duplicidad de los hombres o buscase una prueba suprema para aquilatar a aquel servidor suyo.
—¿Tú queres a mi neva mamaÃta? —preguntó, con sorprendente precipitación.
Juana Withersteen se echó a reÃr; por primera vez en muchos dÃas sintióse animada.
Era una deliciosa tarde de verano, y los tres estaban sentados a la sombra de un arbolado otero, frente a la pradera. El breve perÃodo en que Fay lloró a su madre habÃa pasado, y la niña volvÃa a ser alegre y juguetona como antes. Para Juana, la pequeña era una respuesta a su plegaria, una bendición, algo infinitamente más valioso que todo cuanto habÃa perdido. Respecto a Lassiter, Juana comprendÃa que adoraba a Fay.
—¿Tú querer a mi nena mamaÃta? —repitió la niña.
Lassiter contestó a la pregunta con una tÃmida afirmación.
—¿Por qué no queres ser mi nevo papá?
