Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Con los ojos arrasados en lágrimas vio Juana cómo Venters, Isabel Erne y sus negros corceles desaparecÃan en la pradera.
—¡Ya se han ido! —dijo Lassiter—. Ya están a salvo… No habrá ningún dÃa de su futura vida que no recuerden a Juana Withersteen y… al tÃo Jaime… Ahora, Juana, creo que debemos seguir nuestro camino.
Los burros bajaron obedientes la pina pendiente hacia el Desfiladero, mas para obligar a los perros a que hicieran otro tanto fue preciso atarlos y llevarlos. Juana sintióse embargada por una sensación que no era ni indiferencia ni desdén, pero que la hacÃa incapaz de interesarse por nada. Aún estaba fuerte corporalmente, pero sentÃase cansada de tantas emociones. La hora transcurrida en la linde de la pradera habÃa sido la crisis de sus sufrimientos… La ola de su furor…, su último sacrificio…, la suprema fuerza de su amor…, y, por fin, el logro de la paz. Pensó que si tuviera a su lado a la pequeña Fay, ya nada más pedirÃa a la vida.
