Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Capítulo IV

Jinete y caballo llegaron jadeantes, y la espuma de la boca del animal manchó el cuerpo del hombre al pararlo en seco. El jinete tenía una estatura gigantesca, y su mirada era limpia y serena.

—¡Oh Judkins, estás lleno de sangre! —exclamó Juana, aterrada—. ¡Te han herido!

—No tiene importancia, señora. Una herida ligera en este hombro. Hemos corrido mucho, el caballo ha echado mucha espuma por la boca; no son manchas de sangre todo lo que veis.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Venters.

—Los bandidos se han llevado el hatajo rojo.

—¿Dónde están mis jinetes? —dijo Juana.

—Señora, toda la noche he estado solo guardando el hatajo. Esta mañana, en pleno día, aparecieron los bandidos y dispararon sobre mí en cuanto me divisaron. Yo huí, ellos me persiguieron, gastando gran cantidad de pólvora, pero al fin he logrado escapar.

—¡Jud, por lo visto querían matarte! —declaró Ventees.

—Así lo comprendí —repuso Judkins—, al ver que no cesaban de perseguirme. No es costumbre en los ladrones de ganado malgastar el tiempo corriendo detrás de un boyero.

—¡Gracias a Dios, has podido escapar! —dijo Juana—. Pero ¿dónde están mis jinetes?


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