Meseta negra
Meseta negra —Bien, entonces, tal vez empiece a escribir pronto. No me gusta usar la pluma ni el lápiz. Y mis cuartillas hay que pasarlas a máquina. ¿No podrÃa aprender a escribir a máquina? Tengo una.
—No necesito aprender —le rectificó ella—. Mi tÃa solÃa dictarme. Sólo necesito un poco de práctica. Oh, serÃa estupendo.
—Naturalmente, le pagarÃa...
—Oh, no.
—¿Por qué?
—Porque no podrÃa aceptar su dinero. Trabajar para usted ya serÃa bastante recompensa.
—TonterÃas. Bien, si no quiere mi dinero entonces... yo no...
—¡Por favor!
Era tan magnética su mirada y tan apremiante su súplica que Paul sonrió.
—¿No se opondrá Belmont?
—En tal caso no me importarÃa —exclamó la muchacha con salvajismo—. Pero no creo que Belmont deje que se le escape algún dinero por nada de este mundo.
—¿Quiere decir que se quedarÃa con todo lo que usted ganase?
—Seguro.
—Bien, entonces esto lo soluciona todo.