Meseta negra

Meseta negra

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—Oh, no, Paul. A mí me encantaría trabajar para usted. En fin... hable con él... y reduzca mi sueldo todo lo que pueda.

Aunque, bien a su pesar, se sentía un poco inquieto por su propia resolución, Paul regresó a la tienda y, acercándose a Belmont, que se hallaba en el mostrador conversando con Hermana, le espetó:

—Belmont, tengo que empezar a escribir mis obras o me retrasaré tanto que ya jamás estaré al corriente. Y mi trabajo tiene que hacerse a máquina. ¿Qué le parece si Louise trabajase para mí?

—Por mi parte, encantado, Manning —asintió el comerciante—. Tiene muy poco que hacer. Hermana no la deja guisar, y yo no quiero que esté en la tienda. La pobre se aburre junto a su ventana, y el niño se pasa gran parte del día durmiendo. Sí, Louise tiene mucho tiempo libre. Es una excelente idea. ¿Cuál será su sueldo?

—Oh, no mucho.

—¿Diez dólares semanales?

—Bien, es posible.

—Trato hecho. Que trabaje para usted.

La muchacha aguardaba a Paul al final del corredor, con mirada expectante.

—Tiene usted el ceño fruncido —observó ella al verle.

—¿De veras? Pues no es por su trabajo. Esto ya está arreglado.


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