Meseta negra
Meseta negra —Lo sabÃa desde el principio. ¿Qué ha dicho?
—Que el bebé se pasa el dÃa durmiendo.
De repente, el rostro de la joven volvió a ponerse rÃgido, como marchito, y Paul experimentó el vivo deseo de tenerla entre sus brazos.
—Como si a él le importase... —gimió Louise amargamente—. Cuando Tommy estuvo tan enfermo, apenas si entró a verle. Fue Hermana la que sugirió que podÃa ser el agua, y obtuvo leche de los indios... —la joven volvió a animarse—. Pero, afortunadamente, Tommy está mucho mejor.
—Precisamente, he estado pensando en él. Apenas le saca usted del cuarto y casi nunca le oigo llorar.
—No suelo sacarlo fuera mientras hace frÃo... todavÃa está débil, y Belmont, por algún motivo, no quiere verle en el puesto. De todos modos, Tommy ya está bien. Y es un niño muy bueno, que casi casi nunca llora ni se queja.
El nuevo resplandor de sus pupilas habÃa alejado de ellas el cansancio y el odio.
—Me alegro —replicó Paul, aliviado—. Louise, ¿medita usted mucho, sentada junto a su ventana?
—¿También se lo ha dicho Belmont?
—SÃ.