Meseta negra

Meseta negra

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—Oh, sí, paso muchas horas al lado de la ventana —admitió ella, levantando de nuevo los ojos y dejándole ver a Paul aquel destello y la profundidad que tanto le sobresaltaban—. Aunque yo no lo llamaría meditar.

—¿Qué hace entonces?

—Mirarle a usted.

—¿No tiene otra cosa que hacer? —inquirió él, casi asustado, por tanta inocencia.

—Nada en absoluto que ahuyente mi aburrimiento —replicó la joven, llevándose una mano al pecho.

—Louise... ¿se da cuenta de lo que dice? —susurró él, con voz ronca.

—Perfectamente. Y me resulta tan consolador poder decírselo...

—Oh, qué chiquilla...

—No, Paul, se acabó la chiquilla —le interrumpió ella.

—¿Pero no comprende que no está bien hablar... de... de...?

—¿Hablar? —repitió ella, como en un tartamudeo—. No, yo sé que no hay ningún lazo que me ate a Belmont. ¿No lo comprende? Usted se ha mostrado amable, bueno, y en usted hay algo... ¡Oh, tenga paciencia conmigo!

—Tendría que reñirle... —contestó Paul. Casi estaba temblando—. Pero no puedo, Louise. Oh, si es posible que un hombre duro de mollera la comprenda a usted... yo soy ese hombre. Aunque ignoro lo que usted anhela.


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