Meseta negra
Meseta negra —A nado —repuso Calkins brevemente, y continuó cabalgando.
—¿Perdisteis muchas cabezas? —insistió Wess, siguiéndole.
—No, ninguna —replicó el otro sin volverse.
Paul contempló a Wess inquisitivamente, sobresaltándose, ante la feroz expresión de su amigo. Al momento, éste prorrumpió en otro estallido de profanaciones que superaba a todo cuanto a este respecto habÃa oÃdo Paul. La retahÃla de juramentos acabó con la falta de resuello por parte de Wess. Luego, su rostro se aquietó y el joven guardó silencio.
—¿Ha sido esto para edificación mÃa? —inquirió Paul.
—Seguro, si quieres una educación —asintió Wess, y tras encender un cigarrillo, bajó la vista—. Sube aquÃ, chico.
—¿Cuántas reses en la manada, Wess?
—Según mi cuenta, doscientas sesenta y nueve. Creo que no me he descontado, jefe. Dos mil seiscientos noventa pesos, simonleones, pavos, dólares o cualquier otra moneda americana.
—¿Es esto lo que le debo a Belmont?
—Según el trato, sÃ... Amigo, ¿no te parece graciosa esa manada?
—No. No veo en ella nada que me obligue a reÃr.
—¿No te parece rara?