Meseta negra

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En realidad, el vaquero le dio una buena lección a Paul sobre el arte de arrojar el cuchillo al estilo mejicano.

—Caramba, eres muy hábil —alabó el joven—. Si en todo lo eres tanto... Creo que no me gustaría jugar al póquer contigo.

—Tampoco me gustaría a mí robarte el dinero, camarada. Para mí no hay ningún juego difícil, excepto el del amor.

Volvieron a jugar y a vigilar durante horas, hasta que los agudos ojos de Wess descubrieron una nubecilla de polvo en el camino de Walibu. Belmont regresaba con más premura que se había marchado. No estuvo largo tiempo en el puesto, y poco después varios jinetes salieron del porche hacia el Norte. Paul los escrutó con sus prismáticos.

—Belmont y otros tres —expresó lacónicamente, pasándole los prismáticos a Wess.

El vaquero no hizo el menor comentario, pero en sus ojos brilló una mirada rara.

—Amigo, quédate por aquí mientras yo bajo en busca de comida y unas mantas.

—¿No quieres que te ayude?

—No, puedo hacerlo solito. Las cantimploras ya están llenas en mi tienda. Cogeré dos mantas. Lo que me preocupa es la forma de pasar inadvertido bajo la vigilancia de Hermana.


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