Meseta negra
Meseta negra La opinión de Wess ante esta sugerencia no fue expresada hasta que él y Paul se hallaron en la ladera de la meseta, contemplando el ganado diseminado que pastaba hacia la cuenca.
—Vaya, esas reses conocen esos parajes tan bien como nosotros.
—Wess, desmontemos entre esas rocas y juguemos a tirar el cuchillo. Ya sabes que tengo que entrenarme. Luego, iremos a buscar la comida y las mantas.
—De acuerdo. Tiraremos el cuchillo.
Paul escogió un sitio resguardado del viento, desde donde podÃa obtenerse una excelente vista de Aguas Amargas y los tres caminos que conducÃan allÃ. Sin embargo, Paul no se acordó del juego propuesto, ya que su atención se hallaba concentrada en el blanco camino sinuoso que se dirigÃa, a través del desierto, a Walibu. No tuvo que aguardar mucho. El carromato de Belmont, con los caballos a trote rápido, se alejó poco después del puesto, no tardando en remontar el promontorio.
—Ahà va ese coyote —gruñó Wess—. ¿A qué vendrá tanta prisa? Ciertamente, no a su amor por el pequeño, pobre criatura... Parece todo huesos y piel.
—Louise dijo que tenÃa el presentimiento de que Belmont regresarÃa por aquà y se marcharÃa por la senda de Méjico hasta Utah, antes de dirigirse a Wagontongue.
—Hum... el muy canalla —musitó Wess—. Bien, vamos a tirar el cuchillo, si te parece.