Meseta negra

Meseta negra

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—No, ciertamente. Y deseo hacer honor a todo el trato. Pero tendrá que darme algún tiempo. En los negocios ganaderos no suele pagarse al contado.

—Yo sí.

—Muy bien, entonces tómelo o déjelo. Como guste —replicó Paul con voz helada.

Acto seguido salió al porche. Pero antes tuvo tiempo de escuchar el juramento de Belmont y una observación de Calkins:

—Coge lo que puedas. Y te aseguro que ese vaquero no es ningún tonto. Quiso sonsacarme algo.

En aquel momento, intervino Hermana para decir algo que Paul no logró oír. Al cabo de un instante, el comerciante salió del puesto.

—De acuerdo, Manning, accedo a su proposición —manifestó melifluamente—. Pero estoy apurado, ya que he de hacer frente a varias facturas. Bien, ¿puede entregarme el cheque ahora?

—Naturalmente —accedió el joven.

—¡Bravo! Puede darme también un pagaré por el resto. Louise se lleva el niño a Walibu y tenemos prisa.

Paul no perdió tiempo en firmar el cheque.

—Será mejor —aconsejó luego Belmont— que usted y Kintell monten ahora a caballo y conduzcan esa manada hacia la meseta, antes de que se diseminen demasiado las reses. Y vigílenlas estrechamente. Podrían derivar hacia el río.


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