Meseta negra
Meseta negra Les sirvió de protección hasta que la furiosa galerna, soplando por entre los intersticios de la roca, casi sólida con su carga de arena, desgarró las mantas. Entonces, se vieron obligados a meterse bajo las chaquetas y respirar a través de sus pañuelos. Durante todo el día se produjeron intervalos negros y amarillos, lo que significaba otros grados de intensidad de la tormenta, hasta el punto de que Paul perdió el sentido del tiempo. Muchas veces experimentó una sensación de tenaza en la garganta, y llegó a pensar seriamente que aquel montón de arena se convertiría en su tumba. Pero siempre, en el punto culminante de la tempestad, se producía un momento de calma, y el joven se recobraba de sus padecimientos. Peleó contra el sueño como si fuese una bestia salvaje. Ceder al cansancio y dejar de jadear para respirar habría sido gozar de un éxtasis. Por fin, oyó la voz de su amigo.
—Se está levantando. He visto al sol iluminar con fuego la pradera. Y en las nubes se ha producido una grieta. Pero no podemos confiar en que aclare por completo hasta mañana. Esta noche podremos seguramente abandonar esta meseta.
Paul arrojó a un lado su chaqueta. Todo él estaba cubierto por una capa oscura. El gemir del viento era como un toque de difuntos. Tambaleándose, se puso de pie para desentumecer sus músculos.