Meseta negra
Meseta negra —Tenemos que ir en busca de los caballos y abrevarlos, de lo contrario no servirán para nada —opinó el vaquero—. Yo ya le puse las cinchas al tuyo. Una de las mantas ha desaparecido. Vamos, camarada. Y mantente pegado a mÃ. Una vez fuera de la meseta ya no podemos extraviarnos.
—¿Cómo sabes cuál es la dirección acertada? —quiso saber Paul, poniéndose la chaqueta.
—Directamente enfrente de estas rocas. No podemos pasar por alto la gran hondonada existente entre Meseta Negra y esta otra meseta. Y si mañana sigue soplando fuertemente el viento, bajo la meseta hallaremos mejor protección.
Cuando Paul estaba ya cabalgando detrás de Wess al amparo del muro rocoso se vio enfrentado a un viento pesado, muy cargado de granos de arena, que cortaban como finas cuchillas.
Los caballos no necesitaban ser espoleados, y se mantenÃan a un trote ligero, que los jinetes tenÃan que refrenar a veces. Paul inclinó la cabeza, de modo que el ala del sombrero protegiese sus ojos. PodÃa divisar la tierra gris, las pálidas rocas y un objeto negro que era el caballo de Wess. Éste le gritó en una ocasión que procurase mantener al viento contra su mejilla derecha.