Meseta negra

Meseta negra

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Continuaron cabalgando, confiando en las monturas. A un hombre le habría sido imposible ver un hoyo o el borde de un precipicio. Las rocas, no obstante, relucían contra la penumbra con una tonalidad grisácea, lo cual permitía esquivarlas a tiempo. Poco después, el vendaval fue cesando, y Paul estuvo seguro de que ya no llevaba tanta carga arenosa. De todos modos, aun resultaba difícil contender con el polvo.

Transcurrieron unas dos horas antes de que los mustangos cambiaran el paso.

—Estamos descendiendo —avisó Wess—. Tantea el terreno. Tal vez bajemos hasta el infierno, aunque espero salir pronto de esta meseta.

—Ve despacio, pues tengo que desmontar.

Paul bajó del caballo trabajosamente.

—De acuerdo, estoy contigo.

Conduciendo los mustangos por la brida, ambos amigos fueron descendiendo por la ladera, regular en algunos trechos y más abrupta en otros. Su conformación de tierra blanda, con algunos pedruscos ocasionales, le chocó a Paul, el cual la encontró idéntica de configuración con la que ascendía más arriba de Aguas Amargas. Seguramente, se hallaban a unos cincuenta o sesenta kilómetros al norte del puesto. La penumbra se iba espesando y cada paso parecía tener delante el vacío. Pero ambos jóvenes continuaron avanzando, confiándose más, a medida que nada ocurría.


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