Meseta negra

Meseta negra

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—Camarada, esto cambia —gruñó Wess.

—¿Cómo? —se sobresaltó Paul.

—Me refiero a la ladera, tonto. ¿No la notas?

Pocos instantes más tarde, los cascos del mustango de Wess resonaron sobre terreno duro.

—Ja, ja, hemos llegado al camino, Paul. Vamos, estamos ya en la buena senda. Hemos salido de esa maldita meseta. Esto es formidable. Anímate, chico. Ahora, todo irá bien.

El ánimo de Paul se elevó tan rápidamente que se olvidó de todos sus dolores. El temor de extraviarse en la tormenta de arena había eliminado en él toda esperanza y todo su valor. Ya estaban por fin en el camino. Y el efecto de la pesadilla se esfumó en el cerebro de Paul. Volvió a montar a caballo.

—Aquí abajo el viento sopla con más ímpetu —comentó el vaquero—. Estoy casi ciego.

Paul abrió los labios para contestar y una ráfaga de viento cargado de polvo le llenó la boca. Escupió coléricamente. ¡Qué cosa tan diabólica era aquel persistente viento del desierto!

—Cierra los ojos —le aconsejó Wess—. Haría falta un ciclón para que esos animales se desviasen del buen camino.

Paul observó que cuando el viento soplaba con ahínco, su mustango aflojaba el paso hasta una andadura, y cuando reinaba la calma, el animal reemprendía el trote.


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