Meseta negra

Meseta negra

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Se estaba cansando. Y la primera excitación empezaba a desvanecerse. Las ráfagas de viento le obligaban a tambalearse sobre la silla. Al fin, al divisar unos peñascos al frente, exclamó débilmente.

—Wess... descansemos... o me caeré de la silla.

—¿Sí? Bien, supongo que tú piensas que yo voy bien montado, muy erguido y compuesto, ¿verdad? Caramba, si estaba esperando a que te quejaras.

Hallaron una roca inclinada, con una especie de tejadillo. Paul se tumbó en el suelo con una sensación desconocida para él: la sensación dulce de la falta de acción, del descanso. Y mientras Wess estaba aún pregonando su buena suerte, Paul se quedó dormido.

Cuando despertó vio la luz del día por primera vez en muchas horas. Era por la mañana, no muy resplandeciente, pero sí ya muy distante de aquel continuo infierno de ráfagas amarillentas y rojizas. Distinguió con claridad diversos trechos del paisaje formados por acantilados y bosquecillos de cedros.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Wess, dándole otra sacudida.

—Muerto. ¿Y tú?

—Lo mismo. Pero seguiremos viviendo, amigo.

—Estaré bien, tan pronto como me incorpore... ¡Oh...! ¡Ay! No sé dónde me duele más.


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