Meseta negra

Meseta negra

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A medida que pasaban las horas, las ráfagas del vendaval eran menos frecuentes, lo cual permitió que el aire aclarase. Por tanto, las condiciones favorecían ya a los dos jinetes. Sin embargo, cuando soplaba una racha de viento era sumamente violenta, llevando capas de polvo y arena. No obstante, las podían resistir porque pasaban rápidamente.

—Amigo —profirió Wess tras un prolongado silencio—, acabo de divisar el puesto fugazmente. Ya hemos llegado.

Fue entonces cuando los fatigados ojos de Paul reconocieron los parajes que rodeaban a Aguas Amargas. El reborde de roca negruzca, la austera inclinación de la meseta, el paso con el tortuoso sendero... todo parecía surgir del fin del mundo. Por encima del acantilado rojizo y del reborde negruzco planeaba una siniestra nube de un matiz sombrío, del que surgían como unas colas enroscadas y largas, y capas de arena, sólidas y móviles en medio del polvo gris que acarreaban. Lamían el puesto como lenguas de fuego, aplastaban los cedros, desgarraban el suelo, convirtiéndolo en furiosos torbellinos, oscurecían el paso, y envolvían a los dos jinetes con un sordo estruendo y un color amarillo, para ascender después más arriba del acantilado.


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