Meseta negra
Meseta negra A LA tormenta de arena sucedió otro dÃa color gris acero.
En los sitios soleados y abrigados, como en la pared exterior del corredor del extremo del puesto donde se hallaba la habitación de Paul, donde el desierto con sus rocas relucientes y los diablos del polvo amarillo no podÃan divisarse, era posible estar cómodo.
Paul no podÃa caminar erguido y aún menos montar a caballo. Wess tampoco cabalgó aquel dÃa, y aconsejó a su camarada un descanso de varios dÃas.
Louise no habÃa regresado de Walibu, y Paul supuso que la tormenta la habrÃa retrasado.
La mañana del quinto dÃa, muy temprano, las rudas aunque reacias, sacudidas de Wess despertaron a Paul, arrancándole de un profundo sueño.
—Oh... oh... ahora comprendo qué fácil ha de ser cometer un asesinato —rezongó el joven.
—Tal vez yo no —gruñó el vaquero con una mirada tenebrosa—. Ya es tarde. Belmont y Louise regresaron anoche, ya tarde. Ella llevaba el niño... y... Oh, pero esto no es lo peor.