Meseta negra
Meseta negra La joven se ruborizó al darse cuenta de que él acababa de tutearla, pero al instante recordó que ella, en su nota, era quien habÃa iniciado el tuteo. Y lo aceptó como algo normal a partir de entonces.
—Tal vez yo debiera... —su voz se tornó grave—. Pero Belmont se ocupa tan poco del niño... y se parecen tanto... Bien, creo que trato de no pensar en ello en absoluto.
—Louise, ¿sabes algo de las relaciones entre Hermana y Belmont? —preguntó Paul con cierta brusquedad.
—Oh, ya has descubierto que él... —balbució la joven, pudorosamente.
—Wess asegura que Belmont entró anoche en el cuarto de Hermana y que no volvió a salir. Claro que Wess puede estar equivocado. Les oyó hablar, pero esto no demuestra nada.
—¿Demostrar qué?
—Que Hermana puede estar casada con él lo mismo que tú.
—¿Qué... qué quieres decir? —inquirió ella, súbitamente sobresaltada, muy dilatadas las pupilas.
—Quiero decir que por estos parajes no es infrecuente que un hombre tenga más de una esposa... aunque ello sea ilegal y la iglesia no lo apruebe.
De pronto el antiguo temor volvió a asomarse a los ojos de la muchacha. Paul adivinó que ella sabÃa mucho más de lo que admitÃa.