Meseta negra

Meseta negra

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La joven entró con una bandeja en sus manos. Sonreía, pero Paul acertó a divisar unas profundas ojeras de cansancio, como resultado de los días pasados.

—Buenos días —saludó ella animosamente—. Traigo el desayuno para mi jinete —y dejó la bandeja sobre las rodillas del joven—. Fruta, cereales, tostadas, una chuleta de cordero y cacao. ¿Qué tal, para estar en Aguas Amargas? Esta uva la cogí en la escuela.

—Louise, ¿cómo está Tommy? —se interesó Paul.

—Mucho mejor —replicó ella, con evidente alivio en sus oscuras pupilas—. El primer día estuve terriblemente inquieta, particularmente durante la larga travesía hasta Walibu, pero tuvimos la suerte de hallar allí al doctor. Y nos dijo que Tommy no padecía nada grave, aunque he de cambiarle la dieta, darle alimentos más sólidos. Bien, compré varios comestibles en el establecimiento nacional, y el doctor también recetó algunas medicinas. Oh, sí, me siento mucho más tranquila.

—Me alegro mucho. Yo también estaba preocupado por ese pequeño.

Louise le dirigió al joven una mirada inquisitiva.

—Oh, se lo aprecio mucho... Aunque me parece algo extraño que usted... se preocupe por el hijo de John Belmont.

—Louise, yo no asocio a Tommy con Belmont... ni tampoco a... a ti.


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