Meseta negra
Meseta negra —No. Condujo el carro hasta delante del puesto. Lo oà entrar en la tienda. Creo que entonces estaba solo. Yo me hallaba escondido entre los árboles. Poco después oà unas voces. ProcedÃan del cuarto de Hermana. Ya sabes que ésta da a este pasillo, pero por el otro lado, y no está conectado a esta parte del edificio. Bien, Belmont entró allÃ... y allà se quedó.
Paul dio media vuelta en el lecho como si una brasa ardiente hubiera rozado su cuerpo.
—¡Dios mÃo! Entonces... ¿Hermana es también su esposa?
—Ya me lo habÃa figurado. Por estas regiones, esto se ve con frecuencia, sea legal o no...
—Louise debe de saberlo.
—Eso me parece a mÃ. Aunque no es posible afirmarlo con seguridad. Ambos sabemos que oculta muchas cosas. Belmont es capaz de todo. No es ninguna gallina, joven. Seguro que tiene unos cincuenta y cinco años. Y Hermana pasa de los cuarenta, seguro. Bien, el caso se pone peor. Y sin embargo, todo empieza a dar la razón a nuestras sospechas y suposiciones.
—Tenemos que enfrentar a Belmont con su culpa —exclamó Paul.
—Ya... pero antes tenemos que demostrarla. Chist, calla que viene Louise.