Meseta negra

Meseta negra

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Un indio joven, de ojos de halcón, con la piel oscura y transparente como el bronce, se levantó de su asiento, que era un simple cajón, para dirigirle la palabra al vaquero. Entonces, Paul concentró su atención en los camastros con pieles de oveja adosados a la pared. Y, particularmente, en el más cercano, cubierto con una manta, donde yacía Natasha. Entonces, Paul comprendió el mutismo y el humor sombrío de Wess. Se apresuró a arrodillarse al lado de la muchacha.

—Natasha, estás enferma... —dijo con solicitud, inclinándose para escrutar su rostro.

La joven estaba muy cambiada. Su rostro no mostraba ya su pasado resplandor. Estaba delgado y pálido. Y sus ojos oscuros y grandes no brillaban con la suave coquetería de otras veces.

—Ya me siento mejor —replicó espaciando las palabras y con voz débil.

—Natasha, ¿qué te ocurre?

—Amigo mío, es la tuberculosis —le explicó Wess.

La enfermedad de Natasha inspiró más lástima y desesperación a Paul que si se hubiese tratado de una joven blanca. La habían robado de la herencia india, inculcándole el lenguaje, los deseos y los hábitos del hombre blanco, para terminar siendo víctima de la enfermedad de la raza blanca.

—Natasha, ¿qué es lo que puedo hacer por ti? —inquirió Paul.


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