Meseta negra
Meseta negra Sus oscuros ojos estaban arrasados en lágrimas, Paul se incorporó, sabiendo que ésta era su recompensa, y se sintió satisfecho.
Wess, aún arrodillado, comenzó a formular preguntas a la joven india, pero ésta no le contestó. Cuando Paul se despidió de ella, viendo que no respondÃa al saludo, comprendió que ya habÃa utilizado por última vez aquel lenguaje extraño que anteriormente le habÃan obligado a aprender.
—Bien, ¿a qué tanta prisa? —inquirió el vaquero, uniéndose a Paul en el exterior.
—Quiero decirle algo a Belmont ahora que tengo la sangre ardiente.
—De acuerdo, vamos para allá —gruñó Wess, frÃamente.
Paul llegó a toda marcha al puesto. Allà habÃa algunos indios, como de costumbre, asà como el granjero nacional de la escuela del gobierno y otro blanco.
Belmont estaba atendiendo a una india; Hermana se hallaba tras el mostrador como un perro policÃa, y en aquel momento Louise apareció por el corredor.
—Belmont, estoy enojado y tengo que sacarme la espina del pecho —anunció Paul, con voz más tajante que sus palabras.
—¿De veras? ¿Respecto a qué? —repuso el comerciante, precavido y lentamente mirando al intruso con ojos calculadores y malignos.