Meseta negra
Meseta negra —De nuestro último trato le debo a usted mil trescientos cuarenta y cinco dólares.
—Correcto —replicó Belmont, rápidamente.
—Bien, pues no puedo pagárselos por ahora. SÃ, lo tengo en dinero contante, pero lo necesito para una buena obra, y usted tendrá que esperar.
—Manning, sus buenos propósitos pueden ser excelentes, pero a mà no me atañen. Y para mÃ, el nuestro es buen negocio. Es como si me hubiera dado una patada.
—Pues aguántela y maldito sea —replicó Paul—. Sé que usted puede esperar y no siento la menor compasión al obligarle a ello.
El comerciante dejó entrever su extrañeza y cierto resentimiento, aunque supo contenerse de manera admirable.
—Natasha está enferma —continuó Paul—, y se marcha... con su gente. Y yo voy a ayudarles, a ella y a Taddy.
—¿Qué? —exclamó Belmont, con furor creciente—. ¡Mil trescientos cuarenta y cinco dólares por una bribona de piel roja!
—Ésta es la suma exacta. Y es bien poco por todo lo que ha sufrido. Usted no lo entiende, Belmont, porque los indios son como basura bajo sus pies. Pero a mà me complace demostrarles a todos esos indios que todos los hombres blancos no son unos canallas.